Un Sevilla abatido, en lugar de cabreado, se presentó esta tarde en el Martínez Valero. Cuando se esperaba que esta era la tarde idónea para coger impulso y recuperar la confianza, ocurrió lo que pocos esperaban: un KO psicológico. La realidad es que hasta el más optimista ve ahora mismo más factible la pérdida de la cuarta plaza que una posible machada en Dortmund. Porque, después de las sensaciones, lo normal es que pocos crean en la remontada el próximo martes.

Cuando lo que más se esperaba era una reacción tras el varapalo en el Camp Nou, las impresiones no invitan a ilusionarse con mucho. Una derrota que, en lugar de activar las pilas para redimirse, parece que ha causado el efecto contrario. Un bache tanto anímico como físico que se presenta en el peor momento posible del campeonato.

El ritmo mostrado en Elche tuvo de todo menos ese orgullo herido que se esperaba. Y eso se contagia. Por muy inferior que sea tu rival, siempre será imposible ganar si juegas con pases horizontales y sin tirar a portería. Si juegas siendo intranscendente y sin mostrar algo más que tu oponente. Jugadores que debieron agarrar la camiseta y no la agarraron. Una imagen irreconocible de un equipo acostumbrado a dar la cara. El Elche ―como cualquier equipo que sepa jugar a este deporte― esperaba su oportunidad. Y la tuvo.

Las caras lo decían todo. Un intento de digerir la eliminación copera en el que no puede permitirse perder mucho tiempo más. Porque, más que una cuestión futbolística, es una cuestión mental. El martes se presentará en el escenario más propicio para levantarse después de la caída. Solo en el descuento ―más vale tarde que nunca― se pudo ver un amago de amor propio.

Si buscamos un sitio en el mundo dónde la derrota ante el Barcelona creó más incertidumbre que en Sevilla, ese es Dortmund. En Sevilla, nadie creerá. Pero, una vez que pita el árbitro, nunca se sabe qué puede pasar en un partido. Se la jugará como en las grandes noches: a cara o cruz. La última tirada de la partida… para reengancharse a la temporada.